Falsa titulación y titulitis
José Manuel Fernández [Periodista] 
El mérito de la titulación superior acaba de sacudir la actualidad política de nuestro país y, por lo que se ve, también la conciencia social de muchos. Y la ha sacudido de la forma que más avergüenza a los ciudadanos, la que enfrenta a una persona con el espejo de su propia y falsa realidad.
La titulitis de que tanto se quejaban los profesionales de la política, les ha estallado en las manos, pero de forma muy distinta a lo que podían esperar.
Resulta que, históricamente, la izquierda ha defendido el valor del esfuerzo personal, la trayectoria en el trabajo y el compromiso social, como valores seguros para el reconocimiento de una gestión, por encima del valor de los títulos oficiales. Pero lo que estamos viendo es que, además de eso, muchos anotaban en su currículum (por si acaso) el mérito de haber cursado alguna carrera universitaria, algo que, para la sociedad, por lo que se ve, define mejor la formación intelectual de las personas. Además, tiene más prestigio.
El caso es que, muchos de esos políticos detractores de la titulitis, han elevado la apuesta hasta extremos inaceptables. Han mentido o, lo que es peor, han falsificado títulos oficiales para acreditar unos méritos que en realidad no tenían. Se ve que, en el fondo de la conciencia social, todo el mundo querría ser ingeniero pero, sobre todo, los políticos prefieren que en su currículum no se diga que solo son currantes.
A algún dirigente le he oído yo, ahora, volver a la argumentación inicial que deslegitimaba los títulos, para no caer en la titulitis, pero lo dicen cuando ya ha sido detectada la mentira, es decir, cuando el engaño no ha podido ser ocultado por más tiempo. Y curiosamente, los que defienden esta postura nunca llegan a completar la argumentación en toda su lógica.
No dicen, porque los interesados nunca lo dicen, que si se ha mentido ha sido para percibir una mayor cantidad de dinero y también para promocionarse socialmente a costa de otros. O sea, que se han comportado de forma egoísta. Porque la mentira en un currículum profesional siempre acaba perjudicando a alguien: el que pierde el puesto de trabajo que realmente merecía ocupar, pero otros le arrebataron, y que, por defecto, ya nunca podrá ser compensado.
En definitiva, habría que recordarles a estos políticos, que la falsedad aún sin ser descubierta, siempre acaba por empobrecer la vida de alguien. Y si lo hace un profesional de la cosa pública, el efecto resulta doblemente nocivo, porque acaba con la credibilidad y la coherencia de las ideas, y eso no contribuye sino a corromper el sistema.
Al final, resulta que todo se limita a lo mismo: a defender una postura más interesada que interesante









