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José Manuel Fernández [Periodista] 

 

El tren en invierno es un vehículo misterioso. Te aleja de la realidad exterior de la ruta que aparece tras los cristales, convirtiéndola en una película sin sonido. Ver amanecer desde la ventanilla de un tren se presenta como un espectáculo frío, lejano, casi artificial. Poco emocionante pero misterioso. Un espectáculo incluso tenebroso. La oscuridad exterior la va rompiendo como una espada el material rodante, que se mueve ajeno a la inercia planetaria.

Veo moverse, difuminadas, las estaciones del itinerario, hasta que estalla el alba. El hombre, a esas horas, parece un protagonista ausente, adormilado, que se mueve errático por un escenario no deseado.

De forma parecida me veo a mí mismo. Cuando soy viajero de tren, me vuelvo una especie pasiva que trata de convertir la incomodidad del traslado en reflexión onírica. El caso es que me dejo llevar acurrucado en mis cosas, por el vaivén infame del vagón semivacío. Ajeno a casi todo lo real.

Reconozco que al volante de un automóvil el viaje se convierte en tiempo totalmente perdido, pero en el tren todo resquicio de libertad desaparece. Ya no voy, ni me conduzco, sino que me dejo llevar, por caminos rígidos que conducen a un solo destino, donde otras cosas me reclaman.

El tren se transforma en un paréntesis para la vida del viajero, que debe contentarse con ser mero observador de una realidad pasajera. Viene a cuento decirlo. El alma de las personas, afirmaban algunos filósofos románticos, viaja más despacio que el cuerpo, de ahí que llegue después al destino que la persona a que pertenece. Eso explicaría el cierto atolondramiento que nos embarga cuando llegamos al final del trayecto. Estamos por un momento, incompletos. Tal vez mermados en nuestra capacidad de sentir.

En mi asiento del tren me convierto en espectador interno de mi persona. Me observo, analizo mis reacciones, pienso en mí.

Quedan fuera algunas luces artificiales, que otorgan cierta credibilidad al horizonte hasta tanto aparecen las primeras claridades del día. Pero en invierno los amaneceres son perezosos. El día se resiste a aparecer para normalizar las cosas, devolviendo a la vida su cotidianidad.

En el tramo final del viaje, el tren acelera su marcha. Su ajetreo casi me impide escribir estas líneas. De pronto le han entrado prisas por llegar, como desperezándose de su letargo nocturno. Estamos en el páramo de La Mancha. No veo molinos ni gigantes sino una plana extensión terriza de color gris que, supongo, con la primavera, reverdecerá. Este es un paisaje monótono, sin árboles ni casas. Apenas unas manchas en la lejanía imprimen relieve a la línea del horizonte.

Recuerdo que en una ocasión viajé en un molino de viento manchego. Digo viajé, porque visitar uno en pleno funcionamiento es lo más parecido a viajar en un velero, pese a encontrarse el edificio anclado al suelo. El molinero ha de ser un avezado navegante, para orientar las aspas en la dirección correcta del viento. El piso superior entonces, gira hasta situarse en el sentido de la fuerza motriz, y te sientes trasladado como en una nube. Es una sensación mágica, como la que debe sentir un viajero sin destino.

Ahora veo una franja roja en el horizonte, interrumpida a trozos por unas nubes aún oscuras. Está amaneciendo. Se ha roto la esfera celeste de la que cuelgan las estrellas.

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