Vale la verdad, no el relato
José Manuel Fernández [Periodista] 
Un ministro de los de batalla, justificaba hace unos días el balance de una crisis por las horas que había dedicado a informar sobre los problemas de su área de competencia, razón más que suficiente para él como para no pensar en dimitir, por muy penoso que fuera el resultado final de su gestión, mirada con perspectiva.
En su opinión, era mucho más trascendente exponer su versión de los hechos ante la opinión pública que la propia realidad de los hechos. Sin duda, estaba priorizando el relato a la gestión, esquema que parece ya incorporado definitivamente a los manuales de la política moderna y asumido como tal por la opinión pública. El relato construido en esos términos, a su vez, guarda sentido si se tiene en cuenta el discurso social que se trata de componer, esencialmente orientado a no perder la iniciativa política.
Por lo que parece, es importante adelantarse a la polémica, porque así el adversario aparecerá desubicado en el debate. Con la iniciativa, se manejan los datos y los tiempos, y toda oposición siempre parecerá menos convincente. El adversario irá siempre a remolque de los acontecimientos.
No dudo de que el ministro en cuestión se cree sus propios argumentos, a sabiendas de que construye los mensajes con elementos, no ya subjetivos, sino sometidos al discurso político de sus intereses particulares. En su caso, solo utiliza datos que no naufragan en el relato, que él ofrece como los más relevantes, pero que en realidad son aquellos que le convienen.
Estamos hablando sobre la elaboración del relato, en el que intervienen algunas verdades indiscutibles (del calibre de que el blanco solo puede ser blanco), verdades razonables (el blanco ofrece matices, del blanco al negro), medias verdades (no es posible siempre apreciar el blanco) y las consecuencias de agregar desordenadamente todo ese tipo de argumentos, cuyo resultado final no puede ser otro que la manipulación.
La propia afirmación del ministro sobre el tiempo dedicado a explicar los problemas, nos induce a pensar que él está en posesión de la verdad absoluta, y cumple con su función al trasladarla así a la opinión pública. Considera que él no forma parte de la verdad de los hechos, y ahí comete su gran error. Porque en realidad es él el autor y el responsable de los hechos que luego pretende relatar de la forma que más le conviene, para así salirse de la ecuación que le responsabiliza de los errores. Es el responsable porque él ha decidido que se hagan las cosas como se han hecho, y que ello ha conducido al fracaso
Cualquier consecuencia posterior presentada convenientemente a la opinión pública, será razonable, por muy disparatada que parezca, entre otras razones, porque respeta el método político de la anticipación, que es el que la sociedad ya ha asumido.
En el relato de los periodistas, en cambio, existe un elemento insoslayable a la hora de elaborar las informaciones. Para nosotros, además de la imparcialidad y objetividad, existe la virtud de la universalidad. En las noticias deben aparecer todos los datos, incluidos todos los personajes, no los más convenientes para unos u otros, y todas las versiones. Si a los periodistas les toca explicar los acontecimientos, a las audiencias, y solo a ellas, les toca deducir quien tiene razón.










