La hostelería, un sector desmadrado
José Manuel Fernández [Periodista]

A poco que uno observe la realidad de la calle y el sector de la hostelería, habrá de reconocer que la cosa se nos ha ido de madre. No se trata de una burbuja sino de una pérdida de sentido de la identidad. Ya nada en hostelería es lo que ha sido históricamente en Jaén.
En realidad, el fenómeno del todo reservado respondió en su origen a una necesidad de supervivencia del sector, como consecuencia del panorama desolador que provocó la pandemia en nuestro país. Había que asegurar que las compras y ventas de bares y restaurantes estuvieran compensadas, y no supusieran la ruina de las empresas. A ello se añadían motivos sanitarios, para asegurar las distancias interpersonales.
Pero ahora han desaparecido las causas que provocaron las medidas excepcionales, y sin embargo el panorama resulta aún más desolador que entonces. La pandemia nos ha descubierto una fórmula de atención al público que difícilmente tiene otra explicación que no sea la búsqueda desmesurada de beneficios.
Como un inmenso salón de bodas, la ciudad al completo ofrece en sus vías públicas un paisaje verdaderamente lamentable. Mesas interminables, con el cartel de reservado, constituyen el principal mobiliario urbano de calles y plazas. justo cuando se conmemoran los 1.200 años de su capitalidad administrativa. La historia cobra ahora una nueva dimensión a través de su perfil gastronómico. Para llorar.
Hemos señalado con orgullo el salto cualitativo que había experimentado Jaén en el capítulo gastronómico, premiado con multitud de estrellas y distinciones, hasta el punto de convertirse la ciudad en destino turístico preferente. ¿Pero, realmente, esto de ahora contribuye a resaltar la calidad de productos y servicios que trajeron las estrellas? ¿A esto nos ha conducido la inmensa promoción que nos trajo el talento de los brillantes maestros de cocina?
Las tradicionales barras de bar, en muchos casos, han dejado de existir. ¿Alguien ha visitado la Taberna Gorrión en Semana Santa? Incluso, las viejas tabernas han adoptado el sistema de los organismos oficiales en cuanto a reservas, que no es sino una variante de la deleznable cita previa. Y no solo en festividades puntuales, cuando el aforo de los locales se ve claramente superado. Los clientes son obligados a consumir raciones como condición para no ser excluidos del local. Se prima la cantidad y lógicamente se resiente la calidad del producto y del servicio. ¿Las inspecciones administrativas tienen algo que decir al respecto, o es que el Ayuntamiento y su política recaudatoria está impulsando este sinsentido?
Tampoco es posible disfrutar de las terrazas habituales de los bares, si no es con la misma condición intimidatoria de consumir raciones de comida que, evidentemente, no ofrecen las mismas calidades que en el entorno habitual y confortable de los comedores. Pero los precios son los mismos, cuando no superiores.
¿Alguien ha pensado que la gallina de los huevos de oro puede morir de éxito también en este sector?









