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Cartas apócrifas

José Manuel Fernández [Periodista] 

Eran y son, siempre han sido, más que una sección del periódico. Para algunos, seguramente, todo un género periodístico tradicional, con estilo propio. Los lectores más comprometidos con la información, hacen uso de las cartas al director para opinar sobre los temas de actualidad y aportar puntos de vista diferentes a los del periodista. Y, de alguna manera, son una muestra sobre la forma que tiene la opinión pública de asimilar los acontecimientos que le traslada el medio, o cómo no lo hace. 


Hay cartas interesadas, cartas de protesta, cartas políticas, nostálgicas, incluso polémicas. Constituyen, junto con las esquelas mortuorias, la sección imprescindible que nunca puede faltar en un diario de provincias.


En los tiempos de oscuridad informativa, no resultaba muy fácil auscultar a la sociedad desde la mesa de redacción. Las cartas eran prácticamente el único cordón umbilical que unía al periódico con la calle, en esa comunicación de ida y vuelta que siempre debe presidir la actividad de los medios. El contacto con el lector era, obviamente, mucho más lejano. De ahí la importancia de que la sección saliera todos los días: era como una prueba de vida. El periódico seguía vivo si sus lectores estaban ahí.


El problema es que, durante años, la sección de cartas al director casi nunca tenía material para salir adelante todos los días. A mediados de los setenta, apenas se recibían cartas de los lectores. Languidecía la página, como en la mayoría de los periódicos de aquellos años, prueba de que la falta de libertad de información se concilia mal con la participación de los ciudadanos. Como siempre, la única excepción eran los deportes, con su propia dinámica informativa.


Aún recuerdo la cara de sorpresa del profesor José Luis Buendía cuando, hablando de estos temas, le comenté que las cartas al director, al comienzo de la transición, las escribíamos la mayoría de las veces los propios redactores del periódico, a falta de otro material. Fue para él como descubrir, de pronto, que los niños no vienen de París, toda una decepción. Porque para él, como para otra mucha gente, ésa era una de las secciones más atractivas del periódico, quizás la de mayor credibilidad.


Lo cierto es que, a través de aquellas cartas de los lectores, ficticias, anónimas o de autor apócrifo, algunos dábamos cabida en el periódico de la época a temas y opiniones que seguramente nunca hubieran visto la luz en forma de noticias o comentarios. Incluso el lenguaje de aquellos textos, mostraba un clima diferente al tono apagado de los artículos convencionales de otras secciones.


Hoy, ya normalizada la convivencia social, los periódicos reciben muchas cartas de los lectores. Unas son cartas convencionales, otras bajo el formato tan en boga de correo electrónico, éstas últimas, mucho más expresivas y conectadas con la realidad que se vive en la calle. Y está bien eso. Aunque por lo común esas cartas no alcancen una mínima virtud literaria, sí ahondan en el vicio nacional de delatar al prójimo, de criticarle con la impunidad del anonimato, lo cual da también mucho en qué pensar.