Información en clave de ironía
José Manuel Fernández [Periodista] 
Hay una deriva humorística en determinado periodismo que se está haciendo ahora mismo, especialmente en formato audiovisual, que no sé si es buena para el país, pero que desde luego no lo es para el periodismo. No son una excepción, con este fenómeno, los medios oficialistas, que son muchos y muy aburridos. Estos se han decantado en espacios puntuales por un distanciamiento de la realidad a partir de la ironía que, con frecuencia, desemboca en la caricatura, y habitualmente, tomando partido sobre los acontecimientos o, lo que es lo mismo, señalando culpables siempre entre sus adversarios.
Es la justificación de los hechos a partir de la argumentación selectiva: solo tomamos los argumentos que interesan a nuestro fin. Si alguien interpreta que hay manipulación, siempre se esgrimirá que en un formato humorístico todo está permitido. Pero no.
Pienso que es un fenómeno interesante de analizar, pero que en cualquier caso retrata un panorama triste: el prestigio del periodismo al servicio de la manipulación. La aparición de contenidos con ese tratamiento, en apariencia informal, sólo en apariencia. Y sorprende, sobre todo cuando la realidad de un país se ha vuelto tan complicada, o quizás será por eso: cuando la realidad oficial se vuelve ridícula, resulta rentable tensar aún más la cuerda.
Cabría apuntar la influencia de internet en este aire desinhibido y fullero que han adquirido algunos mensajes, pero sin duda hay algo más. No se pierde la metodología, ni la documentación, ni siquiera la argumentación en la parte analítica de las noticias. Es el tono desenfadado y crítico con que son presentadas y analizadas, lo que contrasta con el carácter desabrido de los contenidos a que estamos acostumbrados. La eficacia de su sectarismo resulta incontestable.
Ya digo, no me parece una fórmula aceptable cuando se elige este formato informativo con propósitos no confesados. Con frecuencia se dice que los momentos de crisis sacan lo mejor y lo peor de cada uno y, en estos casos, la ironía, que no deja de ser una expresión de escepticismo, aflora siempre como contrapunto a la argumentación eficaz. Los periodistas, que no somos una excepción, también solemos padecer ese síndrome, y no sé si responde a un planteamiento crítico o, simplemente, al hartazgo que produce la información manipulada o manipulable.
El problema es saber si el trasfondo informativo que subyace de esa forma de informar, llega realmente a las audiencias en el sentido correcto, para cumplir con el objetivo que se pretende, que, desde luego, no es informar. La permanencia del formato nos hace pensar que así es.
Si hablamos en primera persona, desde una perspectiva profesional, en realidad a los periodistas no nos podrá ir peor que hasta ahora en nuestra batalla particular para lograr la independencia y la imparcialidad, casi siempre utópicas. El distanciamiento de la noticia y sus personajes nos permite visualizar todos los perfiles, sin que podamos expresar preferencia por ninguno de ellos. En la lejanía todas las cosas se vuelven pequeñas, aunque no irrelevantes. No es posible apreciar los matices insignificantes, por mucho que algunos ilustres portavoces se esfuercen en destacarlos sobre todo lo demás. Por decirlo de otra manera: si nos reímos del personaje que no nos resulta simpático, éste tendrá menos interés en mediatizar la información. Nadie desea verse ridiculizado.
A los analistas y articulistas de estos programas, les ocurre lo mismo. Todos desprecian la vertiente trágica de los problemas y sus protagonistas. Presentan una realidad con elementos cómicos, que transmiten una visión ridícula de los personajes. Lo peor del caso es que, en ocasiones, los personajes de actualidad de nuestro tiempo son verdaderamente ridículos.









