¿Qué fue de Marichalar?
José Manuel Fernández [Periodista] 
Debo reconocer que los personajes extravagantes me producen una cierta ternura. Casi todos tienen en común la nobleza de espíritu, la mansedumbre, la indefensión para conducirse por esta sociedad tan complicada que nos ha tocado vivir. Yo creo sinceramente que se trata de personas inadaptadas, cuya visión del mundo que les rodea se halla seriamente mermada por circunstancias derivadas de su propio carácter. Pueden ser una caricatura estos personajes, pero no una invención de los periodistas.
Jaime de Marichalar era (o es) un tipo extravagante, sin duda. Debe ser de esa clase de gente que pasa por la vida sin hacer demasiado ruido, aún cuando se encuentre en el punto de mira de la mayoría. Su historia ha sido la de un ser que cuenta poco, al menos en apariencia, utilizado como decoración puntual de algunas fotografías reales y abandonado después, cruelmente, cuando dejó de interesar.
Cuentan sus amistades, que al emparentar con el Rey Juan Carlos transformó su imagen quijotesca en la de un figurín monárquico, por necesidades del guión y según el estilo marcado por los cortesanos más adictos. Tan pronto se le veía acompañando a su esposa la infanta (“la pobre”) en un acto académico, como en una corrida de toros, o paseando en patín por el Barrio de Salamanca madrileño, eso sí, custodiado siempre por una nube de guardaespaldas y paparazis, componiendo todos una escena digna de la mejor jet set o de una película de Santiago Segura.
Convencido de pertenecer a una estirpe nada común, su tesón monárquico se expresaba de continuo en escritos con bolígrafo verde (Viva El Rey De España), que era su fórmula particular de prevenir las amenazas contra la Corona. Distante, sofisticado, engominado, baluarte de la causa real aún a riesgo de acaparar las burlas más indecorosas del pueblo. Hasta que dejó de ser útil.
Ahora sabemos que Marichalar fue amortizado, y desapareció de un plumazo de la escena pública. En una decisión sin precedentes, le bajaron del caballo de sus privilegios, le borraron de la lista real y hasta le desalojaron del Museo de Cera, donde por lo visto no es cera todo lo que arde. En definitiva, pasó, de un día para otro, de icono aristocrático de la corte a despreciable plebeyo.
La historia, en realidad, está repleta de este tipo de episodios esperpénticos. España, en más de una ocasión, amaneció republicana cuando se había ido a la cama la noche anterior con hondos sentimientos monárquicos. La propia dinámica de los tiempos convierte a grandes personajes del cuché en juguetes rotos, ya sean de la política, la sociedad o la mismísima realeza.
En cambio, ahora el bueno de Marichalar puede deslizarse en patinete con toda libertad, o lucir la capa española sin complejos novecentistas. En realidad, su presencia ya no cuenta para nada. Incluso podría amortizar su bolígrafo verde y mostrarse sin presiones como adalid republicano, si es que sus pasiones pudieran exteriorizarse o no considerara el asunto un tema de mala educación.
El problema es que no todos los personajes desechables resultan ser de usar y tirar, sino que esta sociedad española de hoy solo descarta a los más educados.










