Nueva York y el Instituto Cervantes

Nueva York y el Instituto Cervantes

José Manuel Fernández [Periodista] 

En realidad, Nueva York no es como la pintan. La literatura y el cine han hecho de esta ciudad un escenario siniestro, perturbador, incluso sucio, agobiante en su superpoblación. Pero nada allí es lo que parece. 

Mi propósito al elegir un destino de viaje, es precisamente ése: traducir a mi escala de valores los lugares que previamente soñé o imaginé a través de la descripción que antes hicieron otros. Y suele ocurrir que la literatura y el cine, adaptados a mi imaginación, no se equivocan. Paris, Londres, Roma y muchas otras ciudades ofrecen al visitante una realidad muy parecida a la imaginada. No suelen decepcionar. Lo cual dice mucho de los autores que forjaron cada relato.

Con Nueva York no ocurre lo mismo. Sorprende, precisamente, por lo contrario. La he visitado por primera vez y me ha llamado la atención, me ha sorprendido su personalidad. O esta ciudad ha cambiado mucho en los últimos años, o los grandes escritores que se ocuparon de ella no han sabido contarla acertadamente.

Porque lo que el visitante encuentra, no ya el turista sino toda persona capaz de emocionarse, es una ciudad perfecta: pujante, cómoda y hermosa, incluso elegante. Y lo curioso es que, al mismo tiempo, también resulta reconocible el alma que todos los autores le dieron, y por la que se convirtió en la capital del planeta.

Hay una Nueva York que es puro teatro, un escenario que nadie es capaz de imaginar. No le ocurre como a Madrid, donde nadie se siente extraño sin renunciar a sus orígenes. Por el contrario, todos los que llegan a la gran manzana, pronto niegan pertenecer a otro universo que no sea el neoyorkino, tal es el atractivo de la ciudad. Curiosamente siguen expresando sus emociones en el idioma materno, una gran parte de ellos, en español. Y lo hacen con orgullo.

Junto al gran escaparate que es Manhattan, completan el panorama los elegantes barrios residenciales, a donde no suelen acudir los turistas en su deseo de, al menos, echarle un vistazo a todo lo llamativo. Esta otra ciudad es más tranquila y paciente. Uno observa a niños jugando en los parques y ancianos tomando el sol, como en cualquier otro lugar del mundo. Los guías turísticos dicen que, a diferencia de los foráneos, se reconoce a los neoyorkinos porque no llevan mochilas ni miran al cielo para admirar los imponentes edificios: Brooklyn, Staten Island, Queens. Hasta el Bronx, otrora zona marginal, luce ahora como barrio impecable, con edificios de viviendas que nosotros llamaríamos de protección oficial, pero que aquí gozan de un aspecto saludable, incluso atractivo.

En medio de todo, Central Park, un inmenso refugio verde donde es posible alejarse del bullicio. Un remanso de paz, en armonía con la ciudad que creció en vertical.

New York en realidad, no es menos espectacular que en las películas, pero infinitamente más hermosa y acogedora, según se ofrece a los ojos del viajero. Acogedora incluso con el idioma español.

Por cierto: me ha llamado la atención la sede del Instituto Cervantes de Nueva York, un punto al que se dirigen todas las miradas culturales de nuestro país. Se trata de un edificio relativamente pequeño, situado en la calle 49. No es un palacete objeto de deseo, como el de Paris. Una sede discreta, de dos plantas, rodeada de rascacielos, desde cuyas alturas acristaladas se descuelga un sol indirecto en el patio romántico de la casa, que tiene solo dos mesitas, rodeadas de vegetación. Es este, un rincón breve pero hermoso, casi mágico, que se abre diariamente al público, en horario de oficina para disfrute de lectores anónimos de la gran ciudad.

El resto, cutrez. Una sala de exposiciones destartalada e incoherente. Un salón de actos en el sótano, con escasa iluminación, humedades y olor a cerrado. Una biblioteca como eje central, pero escondida, en el primer piso. Me suena a gran oportunidad perdida, que contrasta con la enorme pujanza del idioma español en la ciudad.