Series televisivas versus programas informativos

 

Series televisivas versus programas informativos

José Manuel Fernández [Periodista]  

Sentarse ante el televisor con la perspectiva de disfrutar de una maratoniana serie de ficción, se ha convertido en una opción muy extendida entre los nuevos espectadores audiovisuales, no sólo jóvenes, sino todas aquellas personas para las que la televisión en vivo y, particularmente los espacios informativos, carecen ya de interés. ¿Quién ha tenido la culpa de esta desbandada?

Para este grupo de nuevos televidentes, desertores de los telediarios, la literatura quedó también definitivamente apartada de la atención intelectual, porque sus temas no sugieren ahora el suficiente impacto emocional. El contacto con la realidad, que establecen los espacios informativos, vendría así a quedar sustituido por los espacios de ficción, que crean también un universo de realidades, pero seriamente condicionado. Nace así el fenómeno de la postverdad, que es una verdad interesada, en la que no cuentan los hechos sino lo que unos y otros quisieran que hubieran sido, en función los factores de poder dominantes.

Hay muchas diferencias entre el formato que habíamos aprendido en los espacios televisivos y estas nuevas producciones de ficción. Para empezar, las series establecen un relato exhaustivo, pormenorizado de las historias. El guión responde a una agenda cronológica de hechos y diálogos. Se entra en la descripción de todo tipo de detalles, muchos de ellos, la mayoría, innecesarios, que no enriquecen la obra, y que seguramente distraen al espectador de la historia central que se le presenta, por lo demás, y muy a menudo, cambiante.

En eso no difieren sensiblemente de la actualidad informativa audiovisual que se impone ahora, en la que abundan las noticias con todo tipo de datos, pero movidas por la insustancialidad, el interés comercial o la rentabilidad política. Noticias de minuto y resultado, con el eco inmediato de las redes sociales que son las que, paradójicamente, validan los contenidos.

Es decir, las emociones del momento son las que construyen los relatos, con independencia de los hechos. Las noticias falsas, que tanto preocupan a los periodistas, son moneda de cambio para comprar las historias que puedan utilizarse convenientemente en función de los intereses de los protagonistas.

Se trata de cubrir más emisión, a la vez que cautivar al espectador para que permanezca quieto ante la pantalla el mayor tiempo posible, y rentabilizar su atención. Es una forma de fidelizar a los espectadores por el procedimiento de dejar siempre abierta la trama, incluso años e infinidad de capítulos después, hasta hacerla indefinida. La eterna obra inacabada.

Pero, ¿constituyen las series la única referencia con la realidad para muchos espectadores? La saturación en el relato seguramente contribuye a la creación de mundos virtuales personalizados, una realidad a la carta.

En realidad, resulta muy difícil competir con los formatos audiovisuales de ficción, y las series constituyen un paradigma. El público, ahora más pasivo, perezoso si me apuran, se ha acomodado a los intereses de las productoras del género, o éstas han sabido atraerlos a su terreno.

Es buena la autocrítica, pero no solemos practicarla. Alguien me habrá oído decir que una de las características de los medios informativos convencionales, en los últimos tiempos, es que son muy aburridos. Con solo mirar la portada de algunos periódicos (en papel, radio, televisión o internet, da igual) ya se sabe lo que cabe encontrar en el interior. Los medios abusan de la información oficial, por falta de recursos o por falta de profesionalidad, ante los escasos incentivos que tienen los periodistas. Los medios apenas publican noticias, ya sabe, de esas que no gustan al poder.

Pero la culpa, cabe subrayarlo, no es solo nuestra. Aún así, ¿mejor una serie que un telediario?