Verano del 76
Verano del 76
José Manuel Fernández [Periodista] 
Recuerdo ahora lo que sucedió aquel verano con la misma intensidad de la emoción vivida en el momento. El dos de julio de 1976, a las seis de la tarde, me presentaba yo en la Redacción del Diario Jaén para iniciar las prácticas de la carrera. Sería ése mi primer encuentro con la profesión, la actividad que llenaría mi vida, también en lo personal, durante los siguientes cincuenta años.
La primera persona que conocí fue Jesús Oarriz, el redactor-jefe, que me presentó a la exigua` plantilla del momento, entre otros, Rafael Alcalá y Vicente Oya. El director, Pedro Morales, se encontraba ausente, en trámite todavía de su traslado a Jaén desde Murcia, donde había ejercido la dirección de La Verdad, el rotativo de esa capital.
Mis recuerdos personales difuminan, sin embargo, los importantes acontecimientos del momento, y de los que el redactor-jefe me advirtió pronto:
--Creo que empiezas a trabajar con buen pie, lo que espero que sea también un buen presagio para tu carrera.
La noticia del buen presagio acababa de aparecer, como urgente, en los terminales de teletipo. Era viernes, día de Consejo de Ministros, y sobre las seis de la tarde se informó del nombramiento del nuevo presidente del Gobierno, en la persona de Adolfo Suarez González, que tomaría posesión un día después ante el Rey. Se trataba de la noticia que todo el país estaba esperando, porque suponía el inicio de un nuevo periodo histórico. Aún no había plena libertad, pero se adivinaba una apertura a todas luces imparable.
Acontecimientos así, en realidad, no son infrecuentes en la vida de un periodista. Nos toca reflejar la actualidad del día a día, y ello nos impide contemplar los sucesos con una cierta perspectiva. Momentos históricos se entremezclan con emociones personales. Noticias en apariencia intrascendentes finalmente contribuyen a redactar grandes pasajes de la historia.
Desde aquella fecha, comenzó a hacerse familiar una nueva sensación en la opinión pública, que los periódicos trataban de reflejar no siempre con éxito. Las autoridades provinciales, alcaldes, diputados provinciales, procuradores, aún nombrados por la dictadura, no sabían cómo traducir aquellos primeros mensajes del gobernador civil, Enrique Martínez Cañabate, en el sentido de desterrar la idea de un régimen de adhesión para abrir paso a otro de participación.
Por una vez en la historia de España, el poder guio con sabiduría a la sociedad, aún conduciéndose a ciegas por los intrincados laberintos de la realidad.
