Cuatro historias al amparo del olivo

Una jornada de campaña de aceituna en Jaén contada a través de cuatro trabajadores

 

Amanece en Azogil, en Bedmar, y la cuadrilla de Eduardo Muñoz se adelanta al día entre olivos. Es tiempo de campaña de aceituna en la provincia de Jaén, y el sonido de las máquinas rompe el silencio de la mañana en el campo. Comienza una nueva jornada, un nuevo día de recolecta de un oficio que no precisa presentación entre quienes leerán estas líneas, pues en ella reside la identidad de un pueblo acostumbrado a trabajar cuando el calendario se detiene, que no entiende de días festivos ni puentes.

Más allá de mantones y varas, la campaña se escribe con nombres propios, los de quienes sostienen el trabajo diario y ponen rostro a cada jornada. Entre todos ellos, cuatro historias se asoman desde dentro de la cuadrilla para reflejar realidades diversas y al mismo tiempo, unidas por los mismos olivares.

 

 

Yaya Dukure llegó a España desde Malí con apenas 20 años. Veinte campañas después, sigue ligado al olivar, testigo de cómo ha cambiado el campo y la forma de trabajar. Ha pasado por Baeza, Alcalá la Real, Murcia o Madrid, alternando cultivos y adaptándose a cada temporada. Este es su segundo año en Bedmar, donde ya forma parte de la cuadrilla y su pueblo.

 

 

Diego Arévalo, de 42 años y bedmareño de toda la vida, ha hecho del campo su forma de estar en el mundo. Después de 16 años como herrero y más de 15 entre olivos, ahora dedica todas sus jornadas al cultivo que conoce de memoria. Trabaja desde hace muchos años con Eduardo Muñoz y también ha estado en campañas de uva y espárrago. Para Diego, el campo no es solo trabajo, sino disfrute, identidad y orgullo de pertenecer a esta tierra.

 

 

Karim Keita, de 29 años y originario de Malí, llegó a España hace seis en busca de oportunidades, que encontró primero en la campaña de la fresa. Desde 2023 trabaja en el olivar, primero en Alcalá la Real y ahora en Bedmar. Acostumbrado al trabajo agrícola en su país, entre campos y fábricas, confiesa que lo más difícil al principio fue adaptarse al frío invernal de Jaén.

 

 

Alberto Arévalo, de 40 años y bedmareño de toda la vida, empezó en el olivar con apenas 14, cuando decidió optar por otra vida dejando atrás los estudios. Ha vivido el oficio desde las varas de toda la vida y cargando espuertas, hasta las máquinas actuales: “Antes se trabajaba más que ahora, todo era a mano; ahora se coge más aceituna y se va más rápido, aunque las fatigas siguen siendo las mismas”. Para Alberto, el campo no es solo rutina diaria, es un oficio aprendido desde los tiempos de sus primeras 2.500 pesetas diarias hasta los jornales actuales.

Cuatro historias, cuatro formas de vivir la campaña de la aceituna desde un mismo hilo: el olivar jienense. Desde la experiencia de Yaya, pasando por la pasión de Diego, el aprendizaje de Karim y la continuidad de Alberto, el olivar de Jaén trae consigo relatos de pertenencia y esfuerzo. Más allá de los cambios del tiempo, el campo sigue permaneciendo entre quienes lo trabajan.