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Paso de peatones

Salí con mi bici el otro día para hacer deporte y oxigenarme un poco al aire libre de los mensajes electorales que a diario nos agobian con ese blablablá  inconfundible de los políticos en esta pobre tierra de Jaén. Los mismos que hasta hace muy poco solo veíamos en ruedas de prensa o en puntuales actos programados con motivo del tal o cual evento, hoy se nos muestran cercanos y afables. Los vemos simpáticos y dicharacheros en un café, en un jardín, en una plaza, en la plaza de abastos, en la calle y los vemos, incluso, en un barrio de la periferia de la ciudad. Nada de llenar campos de fútbol, plazas de toros, auditorios, cines o teatros. Eso ya pasó a la historia. Ahora tienen que hacerse más creíbles y prometer menos. Cosas de la crisis.

Les decía que salí yo con mi bici y nada más dar la vuelta a una esquina para enfilar la Avenida de Barcelona me topé con unos cuantos de eficientes operarios de la Policía Local que pintaban con más sudor que afán los pasos de peatones del inicio de esa Avenida. Además señalizaban en el asfalto la división entre los dos sentidos de la circulación y  otras tareas propias de la función que se les encomendó.

La zona en la que vivo no ha tenido el gusto de ver a esos u otros operarios con idéntico cometido a lo largo de estos cuatro últimos años. Sería cruel para los animales decir que lo que había señalizado en las calles eran pasos de cebra. Las rayas, blancas en su día, se habían convertido en grisáceas. La señal vertical que indicaba su presencia a los conductores estaba oculta tras un arbusto. Un día leí en el periódico que se produjo un accidente mortal en ese paso de peatones. El nervioso conductor reconoció que no se había dado cuenta.

Llegué a casa tras mi matutino ejercicio y tras una reconfortante ducha, las endorfinas de la positividad que mueven el ejercicio físico me hicieron pensar de nuevo en aquellos sudorosos policías locales  que señalizaban el asfalto. “Más vale tarde que nunca”, me dije, “aunque todo esto no sea más que otra medida electoralista para que el ciudadano, que va a depositar su papeleta de voto en unos días, crea que los políticos, aunque no sean cercanos, al menos se preocupan por el estado de su ciudad”. Estaba pues, digamos, contento con esa y con otras digresiones, todas agradables, que ahora no vienen a cuento.

El caso es que al día siguiente volví a salir con mi bici. Vuelta a la esquina y enfilo la Avenida de Barcelona. Algo me llamó la atención en el paisaje que contemplaba hoy conforme avanzaba por la citada vía. Más por ausencia que por presencia. Ya no había ni un solo operario de Policía Local de los que señalizan el asfalto en toda la larga Avenida de Barcelona. Llegué hasta el final de la misma, y antes de proseguir mi ruta, decidía dar media vuelta.

Lo que contemplaban mis ojos no me lo podía creer. Había señalizado un par de pasos de peatones y los demás se habían quedado en su estado original, o sea, sin ser pasos de cebra. No solo eso, comprobé que con la señal que divide los dos sentidos de la circulación ocurría exactamente lo mismo. Se habían señalizado de blanco unos metros hasta que o se acabó la pintura, o se acabó el dinero para pintura, o se acabó la paciencia del político de turno que abrumado por la presión tuvo que desplazar a los operarios a otra zona de la ciudad, o vaya usted a saber qué puñetas sucedió.

Ese día ni las endorfinas positivas sirvieron de nada para sacarme de mi cabreo pero sí ayudaron a sacarme de mis casillas. Porque no nos merecemos este Jaén que todo lo deja a medias o cuando se termina (si es que eso sucede) es tras sucesivas paralizaciones. De modo que lo que estaba previsto para seis meses se acaba en año y medio. Lo de año y medio en cuatro. Lo de cuatro en siete. Y lo de cinco en 8. Más o menos.

Hablo de El Corte Inglés, hablo de las viviendas protegidas, hablo del Museo íbero, hablo de parques públicos, hablo de palacios de justicia, hablo del casco histórico, hablo del tranvía, hablo del parque acuático, hablo del Banco de España. Pongamos que hablo de Jaén.

¿Es esto lo que nos merecemos? Y llegué a una conclusión terrible: tal vez sí, porque ni los políticos ni lo ciudadanos estamos casi nunca en esta ciudad llamada Jaén a la altura de sus circunstancias.