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La holgada normalidad

Dicen que la arquitectura resulta definitoria de las ciudades del sur, no solo en España. Las edificaciones acentúan el contraste entre zonas desarrolladas y las que se encuentran en permanente estancamiento. Lo observamos nítidamente cuando visitamos las capitales de provincia de otras comunidades autónomas. No es posible sustraerse a la comparación, si hablamos de Andalucía.

Acabo de regresar de una importante ciudad del norte, una ciudad hermosa, abierta, limpia y cómoda para sus habitantes. Como ocurre en esas otras regiones, los espacios públicos ocupan lugar preferente, con el propósito de hacerlos más acogedores y accesibles. Las ciudades allí parecen orientadas al disfrute de los ciudadanos, por eso me sorprenden.

Los edificios públicos, aún los situados en recintos históricos, se caracterizan por su adustez. Los barrios residenciales cuentan con amplias avenidas, donde se ubican casas de vecinos con la misma peculiaridad: robustez, sobriedad y un punto de elegancia en los barrios pudientes, pero sin excesivos contrastes. Las diferencias entre ricos y pobres no alcanzan a restar dignidad a las personas, tampoco en este ámbito de las viviendas.

Las ciudades del sur que conozco no son así, y me llama la atención. Jaén, sin ir más lejos, da sensación de ciudad abandonada. Ahora, con la llamada a las urnas, vemos moverse algunas cuadrillas de trabajadores que se afanan en restañar heridas del pavimento o remarcar las líneas del tráfico, escritas con pintura indeleble pero de baja calidad. Parece un disimulo para contentar a las zonas más modestas. En cambio, la filosofía no varía.

Veo los mejores edificios de la ciudad y todos, absolutamente todos, están ocupados por organismos de las Administraciones Públicas. Si hay un punto de lujo o modernidad, en todos los casos son por cuenta del contribuyente, pero no para su disfrute. Los barrios, en cambio, languidecen maltrechos de infraestructuras.

Todas las Administraciones Pública disponen de sedes lujosas con todo tipo de comodidades, incluso cuando se encuentran rodeadas de barriadas tercermundistas, para mayor vergüenza de sus responsables. Hay edificios inteligentes, edificios sostenibles, edificios de autor, edificios patrimonio de la humanidad, edificios faraónicos, edificios abandonados o en construcción, edificios todos ellos que han sido, son o lo serán, inaugurados por cargos políticos. Salen en la foto y además, los disfrutan. Ellos se lo merecen todo.

El caso es que no solo la arquitectura de los edificios constituye un motivo definitorio de las sociedades. En este país de doce mil aforados, todo parece estar orientado para beneficio del Estado o sus servidores, no de los ciudadanos. Ahora caigo en pensar en la permanente voracidad fiscal, en el acoso del contribuyente impuntual o en esos aparcamientos de pago, estratégicamente situados junto a los centros sanitarios, donde no es posible eludir la tasa correspondiente, aun cuando nos hallemos con el alma encogida por un mal trance.

Los políticos no terminan de darse cuenta del error y apenas son capaces de esbozar una ligera declaración de arrepentimiento, en la certeza de que todo volverá a la holgada normalidad. El estado del bienestar, que solo ellos disfrutan.