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Víctimas de la historia

Los discursos políticos, inexplicablemente, siempre se construyen utilizando a los colectivos menos representativos de la sociedad, por una extraña fijación de las clases dirigentes para justificar sus decisiones.

Los disidentes, los desahuciados, los inmigrantes siempre están en boca de los políticos, viven de ellos, aunque la gestión la sufren otros. En el terreno fiscal, por ejemplo, se utiliza el descrédito histórico de los ricos para explicar medidas que, finalmente, por responsabilidad histórica, afectan a los demás, es decir, los asalariados, las clases medias, las mayorías silentes.

Se utiliza a las minorías para construir mensajes, incluso universos, sobre los que construir falsas ideologías sin las que la gestión  quedaría vacía. Es el caso de los indignados. Todo el mundo habla de ellos, cuando en realidad constituyen una muestra minúscula de la sociedad, aunque se trate de una minoría muy ruidosa. Pero a ellos se les teme. Por eso se les consiente cosas que están vetadas al resto. Es más, se les utiliza para justificar acciones incalificables de represión que en realidad sufren otros.

A menudo olvidamos que también la indignación más profunda y radical se expresa con el silencio. El silencio atronador de los que son las verdaderas víctimas de la historia.

Se trata de una toma de rehenes en toda regla. Amenazan o ensalzan a unos, pero siempre se agrede a los demás, seguramente por miedo. Siempre se acaba disparando al bulto, en forma de recorte de derechos y libertades, ante la convicción de que la mayoría  lo soporta todo, y actuará con prudencia, incluso mansedumbre. Los pueblos casi siempre se expresan así, y sus dirigentes lo saben. No solo eso, también saben de su escasa memoria histórica. Los acontecimientos, los personajes indeseables, son amortizados con enorme rapidez, para ventaja de los desalmados.

Víctimas de la historia son todas aquellas personas anónimas a las que nunca entrevistamos los periodistas. Nadie conoce nada, o se conoce muy poco, de lo que piensan millones de familias que sobreviven sin apenas recursos, ahora que tanto hablamos de la crisis. Son protagonistas, sí, pero en el sufrimiento anónimo. En los periódicos nunca aparecerán sus fotos, sino las de otros, que en realidad son irrelevantes, aunque ostenten el poder. Todo se relativiza, especialmente el dolor de los que no cuentan.

Los personajes públicos tienen nombres y apellidos, como los famosos, como los políticos, que gustan de descubrir placas de bronce dedicadas a gente como ellos. En cambio, las víctimas siempre son anónimas, aparecen anónimas en los medios, son invisibles. La historia solo se preocupa de distinguir a los actores más importantes, nunca a los de reparto, aunque en la vida real, la de todos los días, son solo éstos los que cuentan.

Víctimas de la historia son todas las mayorías silenciosas que apenas se dejan notar, pero que asumen con resignación los males de esa condición silenciosa. Construyen con su esfuerzo la sociedad sin que nadie repare en ellos ni se lo agradezca.