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Artistas, amigos de la pasta

A los artistas, comediantes por lo general, les ha dado ahora por protestar sobre cuestiones muy diversas, pero sobre todo económicas.

Parece que no saben vivir si no es cerca del poder, o a sus expensas. La cosa de la subvención se ha vuelto de pronto asunto de vida o muerte para  la industria del espectáculo. Necesitan el dinero público para trabajar.

O sea, como siempre.

Últimamente es el IVA cultural, que consideran desproporcionado y principal causante de la falta de espectadores en cines y teatros, el motivo de sus quejas. Eso y la escasa financiación oficial para proyectos creativos, lo cual, dicho así, resulta sospechoso. De la calidad del producto exhibido, nunca comentan nada.

Baste decir de un espectáculo que es alternativo o constituye una fusión de culturas, para automáticamente atribuirle méritos para recibir una subvención. Luego, las salas vacías delatarán la realidad del problema:

bodrios infumables que no se sostienen una semana en cartel. Y además, caros. Se exige además la protección de las producciones nacionales y la complicidad de la crítica de los medios amigos, con el único propósito de seguir retroalimentando la gloria de una élite intelectual que, en su mayoría, no da la talla. Pero ni por esas.

Eso sí, que no falte la alfombra roja ni los modelitos de alta costura.

Todos a posar en espera de una estatuilla de lo que sea. El problema es que los premios y las lentejuelas, que ellos mismos se conceden con tanta generosidad, no logran ocultar el declive del sector, víctima de su propia codicia. Desde luego, la crisis no tiene toda la culpa de que más del 70 por ciento de los actores españoles se encuentre en paro.

Particularmente, pienso que el talento no necesita subvención, porque el público sabe reconocerlo y se promociona solo. Pero no es éste el caso.

Los artistas se consideran clase aparte. Pareciera que  su dignidad debe quedar a salvo de las inclemencias que atormentan a la mayoría a causa de la crisis, y eso resulta difícil de entender. Se manifiestan de vez en cuando, con terno y gafas oscuras, para identificarse displicentes con los problemas del personal, pero al final siempre acaban en lo mismo:

ellos quieren más pasta. En eso consiste su solidaridad.

Cabría preguntarse por qué necesariamente los grandes gurús del gremio cineasta, por poner un ejemplo, productores, directores, actores, deben ser millonarios y aún así seguir reclamando ayudas oficiales, mientras a tantos otros ciudadanos de a pie, les resulta tan extremadamente complicado acceder a un subsidio para sobrevivir.

Ya sé que la responsabilidad corresponde a los que reparten el dinero público con criterios tan difusos y subjetivos. Pero a los que lo piden se les tendría que caer la cara de vergüenza. Si tuvieran.