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Bien está lo que mal empieza

Para los chinos, los doce meses que acaban de finalizar han sido el año de la serpiente, un período caracterizado por inestabilidad, grandes catástrofes naturales, sucesos terribles, dramáticos y desestabilizadores que pueden cambiar el curso de la historia. Pues visto lo visto en Jaén, a nuestra manera, podríamos decir que 2013 ha sido el año de la bicha, o mejor, del lagarto, porque pocas cosas han quedado en esta provincia por reventar como le pasó al de la Magdalena.

Si creíamos que ya lo habíamos visto todo en 2012, éste que ahora nos deja pronto lo desmentía con unas luces rojas a punto de explotar en materias como el desempleo (subiéndonos por encima del 40%), la desasistencia social para miles de familias o la ruina económica que dejaba una cosecha de aceite tres veces por debajo de lo que aquí nos hemos acostumbrado en las últimas décadas.

Seguro que para los jienenses que han perdido este año su puesto de trabajo, para las familias que no pudieron ganarse unos euros en la aceituna porque simplemente no había tajo donde ir, o para los empresarios y autónomos que han tenido que echar el cierre a sus negocios, 2013 ha sido el peor año de la crisis. Y llevan razón. Claro que lo mismo podrían decir todos los que vivieron eso mismo en 2012. Sin embargo, especialmente en la recta final del año, se han ido conociendo algunos datos que arrojan alguna luz para el optimismo. Son datos referidos al consumo, ya de por sí harto difícil si tenemos en cuenta que el crédito sigue brillando por su ausencia, o al empleo. Jaén termina 2013 con algunos miles de parados menos que el año anterior y algunos miles más de cotizantes en la Seguridad Social (la culpa, de la buena cosecha, dicen los menso optimistas), o por ejemplo, con más coches vendidos que en 2012.

Esos ‘signos’ y algunos otros que hablan de la creación y destrucción de empresas o del crecimiento de los autónomos (forzados por varios años seguidos en las listas del Inem, dicen los menos optimistas), si se unen a la balanza comercial de esta provincia que ha seguido dando signos positivos en 2013 a pesar de tener vacías de aceite las bodegas, podrían hacernos pensar que efectivamente habríamos tocado el fondo y que, lo que viene ahora ya no puede ser peor que lo vivido este año.

Y mientras eso ocurría, a la parálisis inversora del sector público, instalada en la provincia desde que empezara la actual crisis económica, hemos ido asistiendo a la desarticulación de un sector empresarial inmerso en sus guerras de guerrillas que tenía que hacer este año su particular reconversión en primavera para sacar de la presidencia a un representante del sector del palustre para aupar, no sin trauma, a uno del campo. Leonardo Cruz cedía el testigo a Manuel Alfonso Torres, un empresario del aceite que precisamente no contaba con el respaldo de la patronal del sector agrario en la CEJ. Torres tiene ahora por delante una larga travesía del olivo para gestionar la ruina que ha heredado fruto de la actual crisis y del cierre de los grifos públicos de la formación. A su favor, que es de pueblo y sabrá panear lo poquito que hay que gestionar.

En el otro lado, los sindicatos, sin quitar un ojo a lo que ocurría en Sevilla con el caso de los EREs, no han dado abasto en todo el año. Paradójicamente, ahora que es cuando menos recursos materiales y humanos tienen (también por mor del cierre de las subvenciones públicas) y cuando menos actividad sindical pueden desarrollar a causa de la reforma laboral, es cuando se han vestido el mono de trabajo y día sí y otro también han estado al frente de las reivindicaciones de trabajadores de empresas en crisis o colectivos sociales desahuciados de los más mínimos resortes del estado del bienestar, o lo que queda de él. Ahora, me decía un dirigente sindical, toca otra vez el ‘sindicalismo de trinchera’. ¿Ahora?