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Las aceiteras rellenables y el gato encerrado

Acaba de entrar en vigor la norma comunitaria que impide el rellenado de envases de aceite de oliva por parte de los establecimientos de restauración, dicho en síntesis. No sé si porque no les ha dado tiempo de estudiar el asunto o porque el sector está acostumbrado a ver llover sobre mojado, el caso es que nadie  ha dicho nada al respecto. Ni para aplaudir la medida ni para quejarse de ella. Un silencio más significativo, un silencio que incluso yo calificaría de atronador, ha sido el de las compañías envasadoras. Y ya sabemos lo que eso quiere decir.

A menudo oímos quejarse a personas que nos visitan en la provincia, sobre la dificultad de encontrar establecimientos comerciales donde se puedan adquirir aceites de la más alta gama. Yo les respondo que en este sector ocurre como con el marisco: el mejor suele encontrarse en Madrid y, en su defecto, en El Corte Inglés. Evidentemente es una afirmación irónica, pero algo de cierto contiene.

Teniendo en cuenta que en la provincia de Jaén existen más de cien mil titulares de explotaciones olivareras, nadie se sorprenderá al conocer que un altísimo porcentaje de la población local retira el aceite que consume directamente de las almazaras donde previamente han depositado su cosecha de aceituna. Es más, acudir al origen de la producción, resulta ya una costumbre recomendable para muchos consumidores de otras regiones, no sólo para los familiares de los olivareros, entre otras razones porque la calidad va también muy unida a la cercanía, a la proximidad en el proceso de producción. Cuantas menos manos toquen el producto, mayores garantías de calidad nos ofrecerá.

El aceite de oliva envasado para el consumo finalista constituye un mercado de indudable interés, pero no es la calidad la mayor ventaja que obtiene el consumidor, porque no son las garantías analíticas del producto las únicas exigibles. Es más, para el cliente de bar o restaurante, al que ahora se mira, no suele ser la marca del aceite una opción preferente, sino sus características organolépticas, su sabor, su frescura.

Si resulta una obviedad asegurar, como ya ha asegurado el sector, que no se incrementará el precio final, aún a sabiendas de que los costes de envasado se incrementan sensiblemente para esta presentación, por qué no preguntarse quién asumirá el incremento de precio,  si es que el asunto no va de otra cosa.

Si a todo unimos el hecho de que las almazaras de la provincia, en su mayoría en manos de cooperativas, carecen de la infraestructura técnica y comercial necesaria para ofertar este tipo de formatos, sorprende la facilidad con que han entregado esta parcela de mercado a las envasadoras, sus eternos rivales, y sin la menor protesta.

¿O es que de nuevo contamos con el gato encerrado?