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Crisis: las cenizas del 92

El 92 (¿alguien lo recuerda ya?) fue el epílogo de la transición, el final de un periodo de incertidumbre institucional. Así coinciden en señalarlo algunos historiadores, todavía con la escasa perspectiva que nos ofrecen dos décadas de un sistema de libertades permanentemente inmaduro, incluso en estado de revisión.

El año 1992, que tomaba como referencia el quinto centenario del descubrimiento de América y la unificación de los reinos peninsulares bajo la corona de Castilla, fue la excusa perfecta para liberarnos de los últimos complejos heredados del franquismo. Dicho de otra manera, debía ser la eclosión del nuevo país en que se había convertido España, aún sin saberlo los propios interesados. Una clase dirigente inexperta  decidió que el trabajo ya estaba hecho y era el momento de los fuegos artificiales.

El país consideró que había llegado ya la hora de despojarse de los fantasmas del pasado, y convertirse en una nación moderna, asimilable a las de nuestro entorno. Pensábamos que todos los peligros habían sido conjurados y era hora de disfrutar de la democracia, tras un periodo triste de crisis existencial, en lo político y en lo económico.

En esa época, y por esos motivos, se sitúan los primeros movimientos sociales que ponen color a la tristeza del postfranquismo. Fueron los años de obras faraónicas, a modo de escaparate de la nueva nación española, un pueblo que se había sorprendido a sí mismo y al mundo entero por la capacidad para superar sus demonios internos. Consideraron, erróneamente, que democracia era sinónimo de prosperidad, en lugar de una falsa sensación de euforia.

La Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron sólo dos muestras de ese nuevo espíritu emprendedor, en realidad, un pistoletazo de salida a la fiesta permanente en que se había convertido la sociedad española, hasta ese momento de personalidad austera. Teníamos prisa por hacer fortuna, sin importar los medios. Todo contribuía a crear una espiral de frenesí que alimentaba los sueños de una sociedad miedosa, acostumbrada a la moderación.

En lo cultural fue el momento de la movida, una fórmula desinhibida y popular de manifestarse del Madrid más hortera, que logró ramificaciones por todo el país. La filosofía de vida de esa modernidad ficticia nunca ha disimulado sus intenciones.

Lo que ha venido después, ya lo conocemos. Apagados los fuegos artificiales, nos quedan las cenizas de la crisis, donde ya nada está libre de ser cuestionado. Ni economía, ni sistema, ni país. Volvemos a empezar.