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La cuestión catalana en los medios

Resulta inexplicable la propaganda gratuita que los medios de comunicación nacionales están otorgando a la cuestión catalana. Al margen de cualquier debate equilibrado sobre el tema, tratando de desacreditar a los soberanistas, están consiguiendo justamente el efecto contario: promocionar un proyecto que hace escasos meses todos veían como utópico, y ahora rebasa la condición de posible para convertirse en probable. El tratamiento informativo no puede ser más desastroso.

Para unos, el objetivo consiste en descalificar a los principales protagonistas del proceso, por la vía del rumor o la filtración interesada de investigaciones policiales, en relación a supuestas actuaciones corruptas de la clase dirigente catalana. Pero la falta de concreción jurídica y el tono sospechoso de esas noticias, no solo no delata al delincuente sino que parece acusar más a los instigadores de una calumnia.

Otros medios mantienen una fría equidistancia entre separatistas y partidos nacionales, con el propósito, supuestamente, de rebajar el tono del debate, utilizando algunas de las razones esgrimidas en una u otra dirección, según convenga en cada caso. Se trataría, eso parece al menos, de reducir la cuestión a mera confrontación política de tipo coyuntural, con lo cual se prestaría la misma credibilidad a ambos contendientes, por razones interesadas.

Para el resto, el propósito de desacreditar a los independentistas consiste en tratar de desacreditar al que consideran el eslabón más débil de la cadena soberanista, el líder de ERC, Oriol Junqueras. El problema es que, casi siempre el burlador resulta burlado, y los esfuerzos anti-soberanistas,  acaban por dar mayor consistencia al desafío.

El carácter  aparentemente educado y dócil del socio de Artur Mas conduce por lo general a sus entrevistadores a un sonoro fracaso. Porque esa docilidad en el gesto, esconde en realidad enunciados argumentales que son incompatibles con la convivencia democrática, pues rechazan cualquier sistema político alternativo que no sea el impuesto por los soberanistas. Y la opinión pública acabará por aceptar el razonamiento dogmático en todos sus términos, si lo presentamos en una agradable envoltura.

Es decir, los medios de comunicación han entrado de lleno al trapo catalanista, aunque de forma muy poco inteligente. Están despreciando intelectualmente a un adversario que, en su terreno, siempre se mostrará más seguro e infranqueable que aquellos que lo critican, bien por el carácter victimista de sus alegatos, cuando el resto de razones se agota, bien porque desgrana sus postulados desde una única perspectiva, siempre monolítica y sectaria, sin posibilidad de respuesta.

Por principio, el nacionalismo, como todo separatismo, utilizará las armas del adversario solo si le resultan de utilidad. Será demócrata en lo universal, pero víctima de las leyes que les subyugan, si éstas no proceden de su propio ámbito de decisión. Aceptarán las leyes generales del Estado si dan cobertura a sus intereses e instituciones, nunca como un principio de solidaridad o justicia, que consideran ajeno. Por el mismo motivo, nunca aceptarán tampoco el voto contrario a sus propuestas.

Dicen reconocer la lengua del Estado, pero no como patrimonio común y siempre que su uso se desvincule de su población o dentro del territorio que, otra ley estatal, les asigna como país. Utilizan la Constitución española para consolidar sus órganos de gobierno regionales, pero rechazan el resto del articulado por razones democráticas del momento, que aseguran solo pueden ser identitarias, dados los últimos resultados electorales.

Lo que ocurre es que los periodistas estamos demasiado acostumbrados a la confrontación política banal, sistemática pero insustancial, donde acaba por imponer sus principios no el personaje que mayores o mejores razones aporta, sino el que más eleva el tono de sus diatribas o descalificaciones. Pero, por lo que estamos viendo en Cataluña, los mansos resultan mucho más inteligentes. Y peligrosos.