Logo

Jaén, batalla perdida

Ahora que conmemoramos la Batalla de las Navas caigo en pensar que Jaén siempre fue escenario de importantes acontecimientos históricos, no solo batallas, como valores a contabilizar en nuestro inventario colectivo o patrimonio común. De hecho lo sigue siendo. Y digo bien lo de escenario, si entendemos el término como lugar destacado al que se encaraman los protagonistas para ejercer como tales, y luego, una vez conseguido su propósito,  marcharse sin dejar apenas un leve rastro.

Sabía muy bien lo que decía aquel que habló por primera vez de Jaén como encrucijada de caminos. Caminos de ida y vuelta, se entiende, que no conducen a ninguna parte.

En los últimos treinta años, hemos visto desfilar por Jaén, seguramente al elenco de políticos más importante del país, de diferente signo. Antes que ellos,  un edil nombraba alcaldes honorarios de su municipio a los ministros de Hacienda con la intención de conseguir ayudas oficiales, y lo hacía por la sencilla razón de que la Administración siempre nos daba la espalda. Total, para qué disimular, la política ha tenido tradicionalmente una versión paternalista muy arraigada.

Si hablamos de candidatos políticos, la nómina resulta aún más abultada.

Ha habido ilustres personalidades, incluso algún presidente de las Cortes, y diputados que luego fueron destacados miembros del Gobierno, que pronunciaron orgullosos el nombre de Jaén. Al igual que los demás, la provincia  fue para ellos la plataforma de lanzamiento de carreras meteóricas. Pero cumplido su objetivo, el acta de diputado o el nombramiento de alto cargo, nueva ración de olvido.

Existen también ejemplos a la inversa, o sea, de paisanos ilustres que desde la escena nacional  identificaron puntualmente Jaén como la cuna de sus antepasados, aunque tampoco mostraron mayores miramientos con la provincia, ni con las promesas enunciadas al respecto en momentos de exaltación. Nadie quiere ser profeta en su tierra en estos casos.

Nada que ver con esos otros que nos han visitado, no ya de manera efímera, sino incluso furtiva. Se trata de individuos para los que la provincia no resulta ser más que un coto privado donde dar rienda suelta a sus inclinaciones cinegéticas o vaya usted a saber de qué tipo. El problema es que, a veces, las cosas se tuercen, y alguno con el pecado se lleva de vuelta también la penitencia.

Si analizamos fríamente el balance final de esas fugaces historias de pasión jaenera, poco podemos contabilizar en el haber de la provincia.

Desde aquel primer Plan Jaén, cuando la provincia quitaba el sueño al dictador, hasta los modernos programas de inversiones, la mayoría de los proyectos se han quedado en simples palabras, es decir, en promesas incumplidas o de ejecución interminable. No creo que haga falta entrar en detalles. Jaén sólo ha contabilizado batallas perdidas.

Eso sí, infinitas placas conmemorativas o primeras piedras jalonan el territorio provincial, junto a alguna que otra calle rotulada a mayor gloria de nombres ilustres, de personajes de otros tiempos que pronunciaron discursos tan vacíos como los de ahora. Entre tanto, la provincia permanece, como siempre, en el mismo lugar de la historia y de todas las listas de valores tangibles que se hayan elaborado. En la cola, vamos.