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Parar el paro

El ruido de los periodos congresuales de los partidos políticos, el murmullo del inminente proceso electoral y el jaleo de algunas causas judiciales ha restado protagonismo informativo a lo que, por desgracia, debería centrar más el interés: la brutal y vergonzante cifra de parados que hay en España, en Andalucía y en Jaén.
No hay derecho a esta situación. De ninguna de las maneras. Ni es de recibo ni debemos permitir que aumente más la brecha entre los que no tienen ni para pipas y los que nadan en la abundancia. Humanamente me parece deshonesto, obsceno e indecente en un país serio como debe ser el nuestro.
Hay una gran falta de ideas en esta sociedad para detener al enemigo público número uno, como es el paro; cuando no una incapacidad y una incompetencia manifiestas, para poner coto a tanto drama y a estas terribles tasas de desempleo que no nos podemos permitir, aunque parezca que ya no nos conmuevan por eso de la fuerza de la costumbre.
No queda otra, por consiguiente, que todos arrimemos el hombro, dejar el pim, pam, pum, sacar del ring este gravísimo problema y poner toda la carne en el asador para paliar esta espiral, que motiva que parte de la sociedad se esté desangrando, muchas veces en silencio y otras lanzando atronadores SOS de ayuda que muchas veces encuentran la callada por respuesta. Toca rebelarse, con B de batalla.
Tiene que haber, además de torniquetes para parar esta sangría, vitaminas para invertir como sea esta negativa y muy adversa tendencia de tanto personal desocupado. No se puede dar la guerra por perdida. ¡Que no, que no! Y eso hay que exigírselo a los gobiernos de turno y a los agentes sociales por tierra, mar y aire.
Hagan de esta situación de extrema urgencia un problema de Estado y declaremos la guerra al paro, pero por favor no se arrojen los unos y los otros los terribles datos del desempleo como munición de destrucción para erosionarse cuando en realidad a quien desgastan y merman de verdad es al propio parado con su guerra de guerrillas en las trincheras partidistas.
El paro, la terrible lacra del desempleo, avanza desbocado sin piedad, galopa como un caballo y se precipita a toda máquina destrozando los conductos de nuestro estado del bienestar. Y aquí parece no haber saltado las alarmas ante tan mareante cifra de parados.  Y con esas estamos, que si reforma laboral, que si despidos, que si recortes, que si austeridad, que si la temida recesión, que si tú más; en fin, con las cortinas de humo de siempre para desviar la atención y sin afrontar con agallas el verdadero problema. ¡Qué pena!
Casi nadie se da por aludido. Se asiste, en líneas generales, impávido como el que escucha llover, como el que silba sin saber qué hacer, con las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros y poniéndose de perfil, como si este perro del desempleo no fuera responsabilidad de nadie. Sabemos que no es fácil parar el paro, pero no queda otra solución que ponerle diques si no queremos que el paro nos pare. Es de emergencia social.