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No quedan tabernas

Recordaba yo con un paisano, la vida en el Jaén de hace unos años, cuando todavía no había perdido su fisonomía de pueblo para convertirse en la ciudad que es hoy. Antes de que la gente prefiriera los bulevares y las avenidas a los callejones y el trazado abigarrado del casco antiguo. Una de las consecuencias de ese desplazamiento de la población ha sido, creo yo, la desaparición de las tabernas, una oferta difícil de encuadrar, que poco o nada tenía que ver con los modernos bares y restaurantes que llenan las calles de los barrios residenciales.

Una taberna era, por encima de todo, un lugar silencioso.  Exento de todo artificio o decoración, un sitio húmedo y lúgubre donde los parroquianos iban a beber, exclusivamente a eso. El periodista Manu Leguineche asegura que a estos locales, los hombres (nunca mujeres) acudían a dejarse la melancolía, como un ceremonial cotidiano de desahogo que impedía locuras mayores. A la tercera copa el vino se vuelve triste, pero con la cuarta vuelve a sonreír, y es el momento elegido por el bebedor para retirarse.

El vino saca del cuerpo los malos pensamientos, despoja al alma de amarguras, esa era la filosofía de la taberna.

Otra leyenda resulta más prudente, pero viene a decir prácticamente lo mismo. La primera copa es la de la sed, la segunda la de la amistad, la tercera la de la alegría. La cuarta copa es la de la insensatez.

El rito de la taberna, del bebedor solitario que libera sus tristezas, era antiguamente motivo de un gran respeto. Estamos hablando de locales muy modestos, para personas de condición humilde, pero revestidas de una gran dignidad. Apenas existían conversaciones, más allá de lo estrictamente cortés, alejados  del modelo bullanguero del bar de ahora. Ni corrillos, ni voces, ni confianzas. Todo lo más, algún desahogo en forma de cante, pero en establecimientos muy contados. En la  mayoría, estaba prohibido.

Angelillo, un viejo tabernero de Úbeda, titular del bar “Las Tres Puertas”, en el Paseo del Mercado, que cerró hace  años, no permitía muchas frivolidades a sus clientes y exigía la máxima consideración para el bebedor. Por eso reñía a los nuevos parroquianos que llegaban y, un tanto despistados, le pedían vino frío de la nevera. “El vino no es un refresco, el vino es una necesidad”, sentenciaba, indicándoles sin miramientos la puerta de salida.

Hoy todo el mundo sabe de vinos, pero no todos saben beber. Seguramente nos hemos quedado sin tabernas porque las pesadillas internas se curan de otra manera, o preferimos no curarlas.  En cambio, cualquier excusa es buena para ahogar en alcohol las penas, y  hasta las alegrías.